
Me he comprado unos tacones. En otra mujer esta afirmación sonaría a algo de lo más natural. Pero no en mí. Yo no ando con tacones. Es decir: no sé andar con tacones. Tengo botas de cowboy muy chulas de tacón ancho y cómodo que hacen que consiga parecer más alta pero nunca he salido a la calle sobre unos tacones.
Estas Navidades llevo 31 años de vida y ausencia de tacones en ella. Y por eso me he comprado el par de zapatos que veis en la foto. Me han costado 18.00 euros. No me he atrevido a gastar más por si desistía en el intento y tenía que acabar regalándolos. Sin ir más lejos este verano regalé a una tía de mi marido (Mi querida Tita Tere guapa entre las guapas) al menos 5 pares de los que tenía desterrados en los zapateros del Ikea.
Pero estoy entrenando. Si señores. Esta mañana he aguantado de pie una hora enterita con los tacones puestos. Cierto es que no me he atrevido a caminar mucho. El tambaleo todavía no puedo dominarlo. ¡Pero una hora es una hora!
Me los pienso poner para la cena de Nochebuena. Les he metido unas fantásticas plantillas de gel de silicona pero no sé si evitarán ese "recalientamiento de planta del pie" al que tanto temo.
Desde luego pienso ponérmelos en el caso de que salga el 31... ¡Será toda una aventura!
¡Me asombra ver a las criaturas de 14 años corriendo bajo la lluvia con tacones de aguja sin partirse los tobillos!
Prometo que seguiré entrenando duramente para poder hacer de mis pies unos pies de provecho.